Encaramos todos los
días la violencia,
violencia en la
familia, en la
escuela, en los
gremios de
profesionistas que
se creen serlo por
un documento que
avala determinado
grado de preparación
formal, ello no
implica,
necesariamente, el
contar con real
educación, esa que
abre a los hombres
el orden óntico para
actualizar sus
posibilidades en la
línea de las
virtudes cardinales,
es decir, virtudes
básicas que
ensanchan la
identidad humana y
dan grandeza a este
género que de humano
va perdiendo el
oficio. Por otro
lado la delincuencia
que ha copado
espacios antaño
ajenos a su
dinámica, gracias a
la corrupción que
existe en círculos
de gobierno, que
lamentablemente
coincide con una
manifiesta y
ostensible
acumulación de
bienes para unos
cuantos y pobreza
para la mayoría,
este boato camina
con la mayor
agravante de
provenir de
espirales violentas,
con las muchas
salvedades de un
fenómeno como el
conferido, el
puritanismo
convencional donde
es menos importante
ser un buen hombre
que actuar
pareciéndolo.
La violencia que
ejercen los
delincuentes con sus
acciones
antisociales ha
sido, y es, una
constante que nos
muestra la
incapacidad del
Estado y de la
sociedad, estos
fenómenos ponen en
evidencia que el
hombre de nuestro
tiempo está
necesitado de
plantearse
determinadas
opciones
fundamentales para
encontrar los
mecanismos óptimos
que nos permitan
construir nueva
sociedad, donde la
justicia deje de
quedarse en los
discursos y pase a
ser elemento
primordial en la
vida de del hombre,
la cual no ha pasado
la prueba y se ha
atrofiado en las
acciones exteriores,
en las posturas.
Violencia. Sí, la
nefasta violencia
que brota en todos
los ámbitos y de la
cual no logramos
apartarnos,
violencia que tarde
o temprano impacta
en alguna de sus
formas la dinámica
social como un todo,
y tenemos razones
diversas para
manejar
abstracciones en
lugar de realidades
concretas enraizadas
en los más hondos
estratos del
pensamiento,
producto de técnicas
psicológicas
superficiales y
baratas que dan como
producto la
irresponsabilidad.
Pregunto: ¿Este es
el mundo que
queremos, el espacio
que legaremos a
nuestros
descendientes? Éste
de rechazo
espontaneo a la
diversidad, éste de
tesis condicionadas
y alejadas al más
intimo quehacer
humano, de las
cuales los medios de
comunicación nos
tienen al tanto,
aconteceres diarios,
sabemos por ello de
las diferencias que
terminan con
agresiones propias
de barbajanes que
por su ignorancia
son incapaces de
dilucidar o
solucionar sus
diferencias con base
en la razón.
El hombre es el
producto de
sí mismo, como la
violencia es una
ramificación
materialista del
ser, su progreso
posterior no
provendrá de esperar
o de observar cómo
este mal carcome las
estructuras de
nuestro tiempo, la
educación tiene como
función social un
amplio margen de
crecimiento ya que
no se han explotado
las posibilidades
que a partir de ella
se pueden generar,
el poder de
trasformación que en
los individuos
revertirá las
secuelas de la
violencia.
Tiempos diferentes,
lugares distintos y
una cosa en común:
El hombre como
depredador
primordial de su
mismo género, juego
mortal de la
violencia, por todo
y por nada. Parece
que el cúmulo de
instrumentos
materiales no está
ya al servicio de la
humanidad sino de la
violencia, que el
hombre hace
existencialmente
posible gracias a
las tendencias de
regresión primitiva.
Panorama desolador
cuando las personas
se sustituyen por
ideas cuadradas. Es
cuánto.